Sepulturas indias del Departamento de Chiriquí en el estado de Panamá
Cita Recomendada:
La siguiente transcripción ha sido adaptada del documento original, por lo que el formato puede diferir y puede contener errores.
El Departamento de Chiriquí forma parte del Estado de Panamá y ocupa el norte de su territorio; dicho Departamento sirve de frontera entre los Estados Unidos de Colombia (antes Nueva Granada) y la República de Costa Rica. El Océano Atlántico y el océano Pacífico bañan sus costas. Su población es hoy muy pequeña y la raza indígena lo dominó en otro tiempo. En muchos lugares de ese Departamento se ha encontrado un gran número de cementerios.
Se llama en el país GUACAS las tumbas de una raza extinguida hoy y que ha debido ser muy numerosa y rica, porque es inadmisible que tribus lejanas hayan transportado sus muertos a esa comarca. Las guacas (les conservaré ese nombre) se encuentran esparcidas en todo el territorio del Departamento de Chiriquí. Fue en el año 1859 que algunos individuos concibieron la idea de excavar esas sepulturas con el fin de extraer de ellas los objetos preciosos que se suponía encerraban. La esperanza de los especuladores no se engañó porque, considerable ha sido el número de objetos de oro que se han extraído y grandes las ventajas que se han realizado.
Cada día se descubren nuevos cementerios y sería de desearse que las personas animadas de gusto arqueológico se transportaran a esos lugares con el propósito de regularizar las excavaciones.
Es, sobre todo en las riberas de los ríos donde se hallan situados los cementerios indios. Se encuentran también sobre las mesetas de las extensas llanuras, y en las colinas, tan numerosas en el país. Los indios evitaban cuidadosamente enterrar sus muertos en los lugares vecinos al mar. Las localidades exploradas hasta hoy en busca de huacas son numerosas. Estas son: Chiriquí el Viejo, Chiriquí el Nuevo, David, Fonseca, Piedras. Río Chico, Huigala, Bugabita, Sotová, Garicho, Cuenca, Cañas Gordas, Boquete, Volcán y Meseta de Chorcha. Se pueden clasificar en siete clases distintas las sepulturas indias de Chiriquí:
Tumbas de forma redonda: Solo la entrada está revestida de piedras, que están enterradas perpendicularmente en el suelo, y su forma es oval.
Las mismas tumbas fortificadas (Guacas de Fuerte): Estas son más profundas que las primeras y los muros están construidos de piedra del mismo modo que el techo; sus dimensiones son de un metro de largo y dos metros y medio de ancho.
Las tumbas sostenidas por pilares de piedra, sin bóveda: Estas son unos hoyos cuadrangulares que tienen en cada ángulo un pilar de piedra cuadrado; en el centro se encuentra un pilar de más pequeña talla pero en todo igual a los demás.
Las tumbas con pilares y bóveda formada con baldosas planas: Estas tienen cuatro pilares de metro y medio de alto. Entre cada pilar hay un empedrado hecho con piedras casi redondas: sus dimensiones son iguales a las de las tumbas de la quinta clase.
Las tumbas con bóveda de Tierra: Estas son más comunes y merecen una descripción detallada. Después de haber separado los obstáculos acumulados por el tiempo y la vegetación, se descubre al nivel del suelo una plazuela empedrada, de tres o cuatro metros de largo sobre un anchura de dos o tres metros, y en general, de ochenta centímetros de espesor. En cada ángulo se halla un pilar de piedra cuadrado, de 1.60 de altura y de 0.25 cm. o más de espesor. En el centro, a igual distancia de los cuatro ángulos, se encuentra otro empedrado que corresponde con el primero. Éste se halla cubierto con una bóveda en forma de cisterna o aljibe, de un metro de largo y ochenta centímetros, poco más o menos, de ancho.
El suelo está empedrado en este lugar y ésta es la verdadera entrada de la guaca. A dos metros, poco más o menos, de profundidad, se encuentra la tumba, cuya distancia del primer empedrado es en definitiva, de cuatro o cinco metros.
Esta especie de cuarto tiene cerca de tres metros de largo, dos de ancho, y su altura es de un metro y medio. Aunque se nota que se ha excavado la tierra al fabricar la tumba, se ve claramente que no hay en ella ninguna clase de cimiento. Su forma es piramidal y a la entrada comienza un descenso que va disminuyendo hacia el fondo. Se ven aún en la tierra las trazas de los útiles de que se sirvieron sin duda los trabajadores, y a juzgar por ellos, parece que usaron un grosero pico.
Las tumbas de canal (guacas de canal). En la superficie del suelo se apercibe un empedrado hecho con piedras casi redondas, semejante en todo a las que se encuentran en los cauces de los ríos. Su largo es de dos metros sobre uno de ancho. La tumba está colocada debajo de la tierra excavada pero no se encuentra ninguna clase de cimiento. Es, en resumen, una verdadera fosa precedida de un empedrado para preservarla de la lluvia.
Se encuentran frecuentemente en las huacas los pilares y las piedras, cargadas de diseños groseros y alegóricos representando hombres, tigres y pájaros. Es, sobre todo, en las guacas sostenidas con pilares y una sola bóveda, donde se encuentran esos curiosos muestrarios del arte indio.
En las guacas de la segunda, cuarta y quinta clase, se encuentran alguna vez, restos de esqueletos, muy frágiles y de muy difícil conservación. Yo poseo un cráneo del cual he hecho sacar varias copias en yeso y que pertenece, según todas las probabilidades, a la raza que construyó esas sepulturas. Las otras tumbas no guardan ningún vestigio de osamentas. Se cree que los indios quemaban sus cadáveres antes de depositarlos en la tierra.
La costumbre de los indios era de enterrar con el muerto los objetos de que se servía durante su vida, o al menos, aquellos que por su naturaleza o su destino le habían sido más necesarios. Las guacas encierran los más variados objetos de piedra, de oro, de jade, de pórfido, y en fin, un considerable número de piezas de tierra cocida. Se encuentran también algunos otros útiles o armas, pero estas últimas se encuentran incompletas. De este modo se hallan hachas de piedra sin mango, piedras de honda, puntas aceradas, etc., las cuales no han podido servir sin ayuda de un mango que, o ha desaparecido con el tiempo, o fue retirado desde entonces al cerrar la tumba.
Muchos de esos objetos representan indios y animales, los que se pueden reconocer fácilmente porque están con bastante exactitud diseñados. Yo poseo dos estatuas de tierra, la primera es un UNO o Perico Ligero (Bradype), la otra representa una mujer con un niño cargado. También tengo un cangrejo, un tigre, un tatu o armadillo (Dasypus), gran variedad de ranas, muchos ciervos, varios cocodrilos o lagartos, algunas serpientes y murciélagos y diferentes clases de pájaros. Adorna del mismo modo mi colección una pieza de oro que representa un papagayo, cuya cabeza está adornada por dos moñas franjeadas.
Todas las estatuas de tierra están huecas y horadadas de un lado al otro por muchos agujeros en diversas direcciones.
Los sonidos que con bastante regularidad arrojan esas piezas hacen sospechar con algún fundamento que quizás hayan servido entre los indios como instrumentos de música.
La más curiosa de las piezas que tengo en mi colección es una estatua de oro que representa un hombre. Tiene 7 cm. de altura, la cabeza está adornada con una diadema en forma de trenza, terminando de cada lado por una cabeza de rubeta. El cuerpo está desnudo, pero alrededor de la cintura hay una trenza que sostiene una especie de roel destinado a tapar las partes sensuales y dos adornos redondos de cada lado. Los brazos aparecen separados del cuerpo y las manos bien diseñadas, en cada una tiene una especie de maza corta, rodeando uno de sus extremos, y en la otra mano lleva un instrumento de música, del cual una extremidad tiene colocada en la boca, y la otra extremidad del instrumento, más gruesa que la primera, se asemeja una flauta hecha de un hueso humano. No es admisible que se trate de una pipa. Los muslos tienen también algo que los hace más gruesos y como los dedos de los pies no están marcados en esta estatua me siento inclinado a creer que esto indica que entre ellos se usaba alguna clase de calzado. Esta pieza es fundida.
Se encuentran también cascabeles bolas, pitos, argollas de oreja, sortijas y planchas de oro.
El metal no tiene la misma cualidad en todas las huacas. El oro varía desde 24 kilates hasta 9 o 10; en este último caso se llama Tumbaga. Se encuentran también piezas de cobre. Jamás se han encontrado, como en el Perú, objetos de plata.
Mucha de las guacas encierran molinos para moler grano y una especie de mortero, cuyo pilón no es otra cosa que una piedra casi redonda en la que se ven todavía algunas partículas de oro, de vez en cuando. Esto indica que con ayuda de este grosero instrumento los indios reducían el oro a polvo antes de someterlo a fusión. Se me ha asegurado que en las guacas de la quinta clase se encuentran con frecuencia pedazos de oro semejantes a las piedras de fusil. Todos estos trozos de oro tienen más o menos un peso igual, de una onza. Es bien creíble que estos fragmentos servían de moneda corriente entre los indios.
Por desgracia, hasta hoy, los buscadores de guacas no han tenido otro fin que extraer el oro que ellas encierran, y todos los objetos de tierra encontrados, los han roto sin consideración, creyendo probablemente encontrar dentro de ellos metal. A pesar de esto, yo he podido procurarme algunas curiosas muestras de esos objetos y mi primer cuidado ha sido el observar si en las complicadas pinturas de que están cubiertos, existían huellas de signos gráficos. Por un instante creí reconocer glifos, pero un examen más atento disipó mi error.
Una de las figuras a la que los ceramistas parecían más aficionados es un tipo de Dragón de dos cabezas, el cual en lugar de llevarlas en el final de cuellos, las tienen en cada extremidad.
Yo poseo un vaso grande y muy bello que merece una descripción detallada y del cual ofrezco una fotografía (Fig.1). Este vaso me ha sido obsequiado por M. Obaldía, antiguo Vice Presidente de la Nueva Granada.
El vaso se compone de un arco oval de 35 cm. de largo por 18 de ancho y 28 de alto, soportado en cada extremidad por dos figuras de mujeres cuyos pies elevan el vaso a 7 cm. más de altura. La cabeza está aplastada, adornada con una diadema y tiene una hendedura parecida a la de una alcancía. En medio del área hay una especie de torreoncillo, en forma de copa de boca ancha, que constituye la abertura del vaso, cuya altura total es de 25 cm.
El arcón lleva por cada uno de los frentes que no están ocupados por cuerpos de las mujeres, la representación, perfectamente pintada del Dragón de dos cabezas, y el torreoncillo está dividido en cuatro compartimentos que tienen cada uno un Dragón de una sola cabeza, de menor talla. Los colores empleados son el negro y el rojo.
El examen atento a que es sometido esta curiosa pieza me ha demostrado que lo que yo tomaba en las piezas vidriadas comunes, por jeroglíficos no era otra cosa que el diseño cortado y mal hecho del mismo Dragón. He examinado más de 200 vasos de tierra de diversas calidades y destinados a diferentes usos y siempre he encontrado, dibujada con más o menos perfección, la misma figura; quizá esa figura ha de darnos la llave de la religión de las tribus indias que habitaban el Istmo en una época bien anterior a la conquista.
Esta raza, ya lo he dicho, ha debido ser numerosa y poderosa; el número considerable de cementerios que se han descubierto y aquellos que se descubren a diario, no nos permiten dudas sobre el extremo anterior.
Poseía artistas hábiles, puesto que en mi colección encierra una copa de tierra cocida (Fig. 2, 2a, 2b) de 25 cm. de diámetro, montada sobre un pie hueco que le da una altura de 18 cm. y cuyos diseños, de gran riqueza son de un gusto perfecto. El pie es hueco y pintado de rojo, blanco, negro y violeta; tiene 4 aberturas estrechas y el diseño representa trenzas dispuestas en hélice. La parte inferior de la copa está dividida en 4 compartimientos, cada uno de los cuales encierra un Dragón pintado en negro y rojo sobre fondo blanco; los encuadres: son unos rojos y otros violetas. El cuerpo del Dragón pareciera estar pintado en China porque el diseño, siendo neto, es muy complicado. El fondo recuerda el arte egipcio, se ve un hombre pintado de rojo, brazos y piernas separados y las espaldas que soportan la cabeza de un Dragón con sus dientes y cresta. El color es como el del resto de la pieza: violeta, blanco y negro. El espacio debajo vacío de color ha sido rellenado de diseños muy complicados.
Un fotógrafo hábil acaba de establecerse en Panamá y yo he aprovechado su presencia para hacer placa de las piezas más importantes de mi colección. Esa reunión de objetos curiosos pudo haber sido mayor si no hubiera sido por la revolución que estalló en el Istmo y que interrumpió las investigaciones e hizo las comunicaciones con Chiriquí muy difíciles. Yo no he dejado, entretanto, de recomendar a los que van a esa Provincia, que recojan por mi cuenta todos los ejemplares de arte antiguo que es hallaran. Le he enviado a S.E. Mr. Duruy una caja que contiene 4 moulages de cráneo encontrados en una tumba india. Yo lo conservo con cuidado porque su vetusto estado lo ha hecho muy frágil y lo debilitó el moulage.
Panamá, 15 de agosto de 1865.
A. de Zeltner
